Más allá del nombre

Desde Cuba te cuento

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En mi preuniversitario casi todos respondíamos a dos nombres: el que eligieron nuestros padres y el que luego nos impusimos mutuamente. Así, teníamos que Vaca, la gordita del grupo, era la mejor amiga de Pollito, la más delgada. La siempre risueña era Quinqui o Quincalla, debido a su pasión por pulsos y collares, mientras que Guasasa destacaba como la más inteligente, a pesar de su baja estatura. A la cabezona de piernas delgadas la bautizamos como Chupi, por los caramelos con palito conocidos como chupa-chupa. Y al Gordo lo seguíamos llamando así por pura costumbre, aunque hacía más de cinco años que había dejado de serlo.

No faltaban los clásicos: Cuatro Ojos, la China, el Bestia… Pero estaban también el Cucarachón, Mufasa, la Palma, Shazán, el Rojo, entre muchos más, en un despliegue de creatividad que a nuestra edad…

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